Martín Dulanto: la arquitectura de los recuerdos cotidianos
- hace 14 horas
- 2 min de lectura
La arquitectura de Martín Dulanto siempre ha estado vinculada a la manera en que las personas habitan un espacio. En su trabajo, una casa no se entiende únicamente como una construcción física, sino como un escenario donde se ordenan rutinas, vínculos y formas de vivir. Desde su experiencia como padre, esa mirada adquiere una dimensión más íntima: los espacios también pueden convertirse en memoria.
En su departamento, uno de los lugares más importantes es la cocina. Hace algunos años, Dulanto realizó una remodelación que transformó ese ambiente en un espacio de doble altura, con un cerramiento de vidrio traslúcido y plantas en la parte superior. El resultado es una cocina que funciona casi como un invernadero: luminosa, abierta y profundamente personal.

Allí ocurre uno de los rituales más valiosos que comparte con su hija: cocinar y comer juntos. Para él, cocinar es un acto de amor, una manera concreta de cuidar y demostrar afecto. En ese espacio, prepara algunos de los platos favoritos de su hija mientras ella lo acompaña, alista ingredientes o participa en alguna parte de la receta. A veces prepara una salsa, otras veces simplemente está cerca, formando parte de una escena cotidiana que con el tiempo se vuelve recuerdo.
Lo interesante es que ese momento no ocurre en una cocina convencional, sino en un espacio diseñado por él, pensado para ser vivido de una manera distinta. La arquitectura, en este caso, no solo resuelve una función doméstica; potencia una experiencia familiar. Convierte una actividad diaria en un ritual compartido.
Dulanto reconoce que la paternidad no cambió necesariamente su forma de entender los espacios, pero sí le permitió aplicar en su propia vida una teoría que ya tenía interiorizada desde su trabajo. Como arquitecto, siempre había reflexionado sobre cómo deben vivirse y disfrutarse los ambientes. Sin embargo, muchas veces esa mirada estaba puesta en proyectos para otros. La relación con su hija le permitió apropiarse de su propia casa desde otro lugar.

Sentarse en la sala a conversar, ver televisión, cocinar juntos o simplemente darse el tiempo de habitar la casa con atención se convirtió en una manera de confirmar algo esencial: los espacios no se completan cuando están terminados, sino cuando empiezan a formar parte de la vida de quienes los ocupan.
En esa idea aparece una forma distinta de hablar de legado. No como una obra monumental ni como una herencia material, sino como la construcción silenciosa de recuerdos. Una cocina, una mesa, una receta o una tarde compartida pueden tener la misma capacidad de permanencia que una casa bien diseñada.
La historia de Martín Dulanto permite mirar la paternidad desde la presencia. Desde el tiempo que se dedica, desde los espacios que se comparten y desde la intención de convertir lo cotidiano en algo significativo. En su caso, la arquitectura no solo diseña lugares: también crea condiciones para que ocurran vínculos.
En esa cocina-invernadero, entre plantas, luz y recetas, se resume una parte importante de su manera de entender la casa. No como un objeto terminado, sino como un espacio vivo. Un lugar donde la arquitectura acompaña, contiene y deja huella.



Comentarios